Una tarde en que llegué temprano del trabajo, había un mensaje de Pati en la máquina diciéndome que luego del último paciente saldría a tomarse un trago con el podólogo para el que trabajaba, un cocainómano de nombre Dr. Beakman, que a veces conseguía para ella un par de bolsas de la cosa. Preparé un vodka alto con limonada y me senté junto a la ventana con el vaso en la mano a ver pasar a la gente mientras acariciaba el lomo de mi gato. Los rayos cálidos del sol entraban por la persiana y dibujaban sobre mi cuerpo una serie de rayas doradas que se intercalaban con las sombras, mientras las parejas pasaban agarradas de la mano y los grupos de amigas reían en sus uniformes del colegio, con sus pelos desordenados por el viento y las medias en los tobillos. Yo había estado en el consultorio del Dr. Beakman una vez cuando le llevé una hamburguesa a Pati, un día que me tocó trabajar en la zona donde quedaba su consultorio. Era una oficina común y corriente, con un recibidor pequeño y el escritorio desde donde Pati hacía sus despachos y recibía a los pacientes, la mayoría ancianos con los pies desvencijados y cubiertos de ampollas con pústulas abiertas. Pati tenía que llevar la agenda del Dr. Beakman y, muchas veces, ayudarle quitándole los zapatos y las medias a los viejos, cosa que hacía con desidia, pero con resignación.
-Quisiera nunca llegar a vieja-, me dijo un día. -un viejo es una cosa asquerosa-.
Mientras daba sorbos a mi trago y veía hacia la calle, me imaginé a Pati acostada en el sillón del podólogo, con las piernas abiertas bien arriba, gritándole; ¡métamelo! ¡Deme duro, Dr. Beakman! ¡Así! ¡Más! Ahhh… y el barbudo Dr. Beakman viniéndose dentro de ella a placer en su marejada orgásmica. Luego saldrían al bar a tomarse su merecido trago después de tanto ejercicio. Decidí darme una ducha y salir a la calle.
Me metí en un bar a pocas cuadras de la casa. Estaban dando un partido de fútbol. Los ojos de la mayoría se pegaban al televisor y seguían el juego con gran interés, cosa que me convino porque encontré una butaca desocupada en la barra, lejos del ruido y de los suspiros que todos exhalaban cada vez que se acercaba un equipo al arco contrario. Pedí un whisky doble en las rocas y me puse a darle sorbos despacio, para disfrutar su calor en la boca y luego tragarlo con devoción. Seguía imaginando a Pati y al Dr. Beakman, ella sobre el mesón del recibidor después de haber tirado todas las revistas al suelo y él con los pantalones en los tobillos dándole por detrás mientras analizaba su tatuaje arábigo en la espalda. Pararían a pegarse uno que otro pase de coca en los descansos, y luego de terminar, ahí sí, al bar a rematar la corrida con unos tragos.
Cuando iba por mi segundo whiskey, apareció un tipo grande en la puerta. El cantinero lo miró fijamente. Le pregunté quién era, y me dijo, “el señor Xú”. Era una especie de leyenda. Me dijo que el tipo estaba loco y que era un sanguinario que, cuando estaba en el ejército, por cada guerrillero que mataba, se tatuaba un muñequito en el brazo. Decían que tenía más de cien muñequitos tatuados en sus brazos. Me pareció interesante, aunque creo la locura puede estar en muchas cosas en mucha gente, pero hacerse tatuajes de muñequitos no clasifica como una de ellas. Cuando pasó junto a los clientes cerca a la puerta se saludó de mano con un par de ellos, y otros lo miraron de soslayo, pero la emoción del juego era mucha y siguió la expectativa. En la parte de atrás sólo estábamos el cantinero y yo, y el Sr. Xú se paró a mi lado en la barra, metió sus dedos gordos entre el bol del maní hasta el fondo, y sacó una manotada de la que caían algunos granos al piso. Sin acabar de masticar, moviendo los huesos de su cráneo y la mandíbula como una trituradora de metal, dijo mirando el televisor:
-Qué mierda el fútbol. Un montón de güevones detrás de un balón. No lo entiendo. Usted, ¿entiende el fútbol?-. Se dirigía a mí.
-Algo, no mucho-, le contesté sin verlo a la cara.
-¿Y por qué no está viendo el partido?-
-Porque tengo otras cosas en la cabeza.
-Jajajaja, otras cosas, jajajajaja, ¿qué otras cosas?, jajajajajaja…
Yo no podía ver en dónde estaba la gracia de lo que había dicho. Pensé en que tal vez estuviera drogado. Volvió a mi cabeza la imagen de Beakman tirándose a Pati y a ella pidiendo más, más, más… No me pareció un tipo tan loco. Hasta me pareció un gordo fácil de tumbar con un buen mazo, pero por alguna razón la gente le temía y yo no estaba en condiciones de averiguar por qué.
-No se moleste amigo-, me dijo. –Yo soy un bicho raro. Un varón como los de antes. Hablo mucho sin que me importe qué, pero también soy un caballero-.
-No se afane. No tengo problema.
-¿Qué está tomando el muchacho?-, le preguntó el gordo Xú al cantinero en mi favor.
-Whisky-.
-Dele otro y póngalo en mi cuenta-.
-Claro Sr. Xú. Sr. Xú, discúlpeme la molestia, pero ¿cuántos tragos piensa apuntar hoy?-.
Xú se quedó en silencio mirándolo dirrectamente a los ojos, como miran los tigres a sus presas antes de saltarles a la yugular. Puso ambas manos sobre el mesón y en un movimiento eléctrico, como un latigazo, le cruzó la cara al cantinero y, agarrándolo por la camisa sin dejarlo caer, lo atrajo para darle con el dorso de la mano en su regreso. Dos cachetadas plenas en menos de un segundo. No hubo lucha, ni defensa. El tipo no alcanzó ni siquiera a subir los brazos para protegerse. Yo sólo atiné a poner la mano sobre mi vaso para que no lo tumbaran, luego lo acabé de un envión. Los que notaron el incidente no le prestaron mucha atención. Un par de tipos se acercó mutuamente a decirse algo al oído. Xú, todavía agarrando al cantinero por la camisa, le dijo casi tocándole la nariz con los labios:
-No me haga preguntas. Usted no me hace preguntas a mí. ¿Usted es el dueño de este chochal? ¿No? ¿Dígale al dueño de este chochal que el Sr. Xú necesita tragos siempre, servidos por gente educada. ¿Entendido? y dígale que él sabe lo que me debe, así que no me joda-.
-Sí señor-.
-Eso está mejor. Así nos entendemos-, dijo mientras se arreglaba el blazer y sacudía la caspa de sus hombros.
-Sí señor-, dijo el cantinero arreglándose la camisa con las palmas de las manos poniéndola de nuevo dentro del pantalón. Luego se agachó sobre el lavaplatos y dejó correr el agua sobre su cara con las cuencas de las manos llenas. Cuando se levantó tenía los pómulos encendidos de rubor y un pequeño brillo de sangre en el labio superior.
-Estos mariquitas…-, me comentó Xú mientras daba la espalda al cantinero, que sólo hasta entonces pudo cogerse la cara con la mano y expresar un dolor mudo. Xú abrió los brazos sobre la barra y, con la mirada puesta en el grupo de televidentes, siguió:
-Estos mariquitas son una vergüenza para la humanidad. ¿Sabía usted que los seres humanos sobrevivimos gracias a la guerra? Es apenas lógico: en las guerras la gente tira menos, por lo que procrea menos por lo que hay menos gente para transmitir enfermedades contagiosas, por lo que la naturaleza no toma venganza mandando una peste. La guerra es el único control natural autoimpuesto en la naturaleza, como una especie de suicidio colectivo preventivo en contra de la superpoblación. Tal vez por eso esté en nuestra naturaleza matar…-. Dijo esto con aire solemne, como si estuviera dando una clase a un grupo de estudiantes novatos.
-Tiene lógica-, le dije. Me pareció el razonamiento más estúpido que jamás había oido.
-¿Usted cree que esta gente se sacrificaría por algo en la vida?-, dijo señalando al grupo de aficionados.
-Poca gente sabe lo que es el sacrificio-.
Xú calló un momento contemplando al grupo de espectadores del juego. Luego dijo:
-Usted parece un tipo inteligente-. Le hizo una seña al cantinero con el dedo para que se acercara, lo cual hizo con resignación y miedo. Le puso la mano detrás de la cabeza, se le acercó al oido y le preguntó como si estuviera hablando con una vieja en un baile, “¿en dónde están nuestros tragos?” El cantinero, que todavía no se recuperaba de la zurra, sirvió un par de tragos generosos en dos vasos iguales con un tremor en las manos. Cuando los puso sobre el mesón, Xú, en un movimiento tan rápido como el anterior, levantó la mano sobre la humanidad del cantinero que, de pavor, trastabilló y se fue de espaldas dentro de un arrume de cajas en el piso de la barra.
-Jajajajajajajaja-, rió Xú señalando al tipo en el piso. –jajajajaajaja ¡es un marica! ¡UN marica! Jajajajajaja, creyó que le iba a volver a dar… jajajajaja-. Levántese, sea machito y aguante las vainas que le pasan. Cuando se vaya de este antro a vivir la vida se va a dar cuenta de que allá afuera la cosa es difícil y si se cae cada vez que le alzan la mano, no va a durar mucho. Esa lección se la doy gratis o, mejor, se la cobro con otra ronda. Ahora agradézcame-.
-Gracias Sr. Xú-.
-¿Gracias por qué?-
-Gracias por sus valiosos consejos, Sr. Xú-.
Cuando tuvimos el par de tragos enfrente, Xú levantó el suyo y tuve que levantar el mío para brindar. No me acuerdo por qué brindó o si hubo motivo, pero chocamos los vasos en el aire y Xú mostró una sonrisa con un diente plateado en el lugar de uno de su caninos. Luego siguió:
-¿Usted se cree un tipo inteligente?
-No. De hecho creo que soy bastante estúpido-, le contesté.
-Las mujeres no cuentan para definir la sagacidad de un hombre.
-Las mujeres cuentan. Yo se lo digo. Pero si quiere que no cuenten, entonces no cuentan-.
-Mi amigo parece preocupado por un lío de faldas. ¿Es eso? ¿mal amor? ¿le están pagando mal?-, dijo mientras ponía su mano sobre mi espalda.
-El jefe de mi mujer se la está metiendo por el culo en este momento-, dije.
Hubo un silencio. El cantinero volteó a mirarnos.
-Ahh-, dijo Xú. –¿Y no piensa hacer nada?-.
-No-.
-Entonces usted también es un mariconazo-.
-Puede ser-.
-Solamente un gran marica no haría nada en su situación. ¿Qué es lo que le pasa?-.
-Necesitamos el trabajo de ella. Con lo que yo gano no alcanza para vivir-.
-¿Entonces usted se sienta acá todas las tardes mientras su mujer se la chupa a cualquier cabrón?-.
-No puedo hacer nada. Además no es cualquier cabrón. Es el jefe-.
-Siempre hay algo que se puede hacer-, dijo, y se levantó la chaqueta por encima del ombligo dejando ver la cacha de un revólver. Yo nunca había pensado en matar a nadie, pero la idea comenzó a tener sentido en mi cabeza. Tal vez este Xú estaba loco después de todo.
-¿Matarlos?-, pregunté, a lo que se volteó a verme, tomó un trago largo del vaso inflando los carrillos y rió con fuerza: -Jajajajajaja-, -¿matarlos?-, jajajajajaja… éste man sí me mata, ¡me mata! ¿entiende? (mirando al cantinero) ¡ME mata!, jajajajajaja-.
Mientras terminaba de reír, me levanté para ir al baño en la parte de atrás a orinar. No dejaba de pensar en Pati y en la risa de Xú y en Beakman con los pantalones en los tobillos y su verga flaca y parada dentro de Pati. Llegué al orinal, abrí la bragueta y comencé a descargarme mientras leía los letreros pintados en la pared, dibujos de mujeres desnudas hechos como por niños de cinco años, teléfonos de contactos para sexo rápido, y demás. Estaba acabando cuando entró uno de los tipos que estaba viendo el partido.
-Buenas noches-, dijo.
-Buenas noches-, contesté, aunque no me guste hablar con la gente mientras orino. Se acercó al orinal junto a mí, abrió su pantalón, y comenzó:
-Qué partido de mierda. Parecen una manada de micos. Alexis tuvo cuatro oportunidades de gol, todas encima del arco… una gueva de man. ¿Usted no está viendo el partido?-.
-No-.
-Si ganamos este partido, quedamos entre los ocho. A ver si esta vez sí se puede-, dijo. Yo me estaba secando las manos e iba a salir, cuando me preguntó:
-¿De dónde conoce a Xú?-.
Me detuve y dije:
-No lo conozco-.
-Pero parecen amigos, ¿no?-.
-No. No somos amigos-.
-¿Sabe por qué le dicen Xú?-.
-No-.
-Le dicen Xú porque cuando era suboficial marcaba a sus muertos. Cuando los encontraban, todos los que había alcanzado después de matarlos tenían una X en el pecho, abierta con un cuchillo desde las clavículas hasta el cinturón atravesando todo el pecho. Dicen que a muchos los marcó mientras estaban vivos. La “ú” se la puso un comando gringo que participaba en las misiones de asalto, y significa “tú”. Así quedó: X-U “cross-you” o “te cruzo”-.
-Vea. Yo no lo conozco, ni a Xú ni a usted ni a nadie acá, así que déjeme tranquilo y vaya con esas historias a donde otro-, le dije mirándolo a los ojos. No estaba intimidado. De hecho me sentía fortalecido por el efecto del alcohol.
-Venga, espere, no se moleste. Lo que le digo es verdad-.
-Ya le dije que no me joda. No me importa si es verdad o no. No quiero saber. Si quiere problemas con el Xú ese, vaya y póngaselos a él. Yo estoy acá tratando de relajarme un poco y me vienen con estas vainas. Yo…-.
-Cállese-, me interrumpió susurrando. –Viene alguien-.
Xú entró tambaleándose un poco. Se metió en uno de los orinales. Dio una mirada al que me había estado hablando, pero no hizo cara de conocerlo. El baño era demasiado pequeño para los tres, así que salí seguido por el que me había contado la historia de las X. Antes de salir, vi a Xú parado orinando y se me vino a la cabeza la imagen de este tipo haciendo sus X en el cuerpo de sus víctimas, con la cara pintada de verde y negro y sonriendo con sus encías llenas de sangre sobre los semblantes aterrados de los que morían. Pensé en qué se necesita para hacer algo así, si coraje o un serio problema psiquiátrico. Decidí que sería mejor irme de ese sitio.
II
Estaban en medio tiempo en el partido y los espectadores aprovechaban para rellenar sus vasos y pedir nuevas cervezas. El cantinero se veía más tranquilo sirviendo las bebidas y una mesera se acercó a acariciarle la cara, puso un beso sobre sus dedos estirados y plantó su mano con ternura sobre su pómulo. Salí a fumar un cigarrillo. Afuera comenzaba a ventear y me dio escalofrío. La noche estaba clara y descubierta, y la luz de la luna se reflejaba sobre los carros estacionados en el costado del andén. Era una noche hermosa, y mi mejor posibilidad de disfrutarla estaba muy lejos atrás en el pasado. Por alguna razón la vida me había puesto en una situación de la que no podía salir. No es que estuviera seguro de que Beakman se tiraba a Pati, pero estaba seguro. Esas cosas se sienten en el esófago y en las bolas. Además las mujeres pueden ser grandes y muy hábiles mentirosas, de modo que no había manera de comprobarlo. Muchas veces estuve tentado con ir a espiarla, pero nunca tuve el coraje suficiente, así que me quedaba tardes enteras pensando en lo que harían esos dos después del trabajo.
Acabé mi cigarrillo, subí la cremallera de mi chaqueta y comencé a andar por el andén rumbo a mi casa, a donde Pati estaría a punto de llegar. Quería verla y olerla. Quería saber si me mentía en la cara de nuevo. Estaba por dar vuelta en la esquina cuando sentí una mano sobre el hombro que me sorprendió. Pensé que sería Xú, pero era el tipo que me había hablado en el baño.
-¿Se va tan rápido?-.
-Ya le pedí que me deje en paz- ¿No está comenzando el segundo tiempo?-.
-¿Tiene un cigarrillo que me regale? Necesito hablar con usted un momento.
Saqué un cigarrillo del paquete y se lo encendí. Le dio una chupada amplia que dejó ver el fantasma de humo meterse entre la caverna de su boca. Era un tipo un poco más bajo que yo, con un acento costeño disminuido, el pelo ensortijado sobre la cara y unos labios prácticamente inexistentes. Era un tipo húmedo. Parecía hecho de paquetes con agua. Mientras guardaba los cigarrillos en mi chaqueta, le pregunté:
-¿Y qué quiere?-.
-Necesitamos algo de usted. Somos del ejército-.
-¿Ah?-.
-Inteligencia militar. Venimos siguiéndole la pista al tal “Xú” desde hace tiempo-.
-Pues lo que sea que quieran de él, no es conmigo.
-Eso está por verse, muchacho-. Dijo “muchacho” acentuando las ch.
-Vea. Yo no tengo nada qué ver. Ese tal Xú entró al bar y comenzó a hablarme y ya. No sé si haga eso todos los días o nunca, pero eso no me importa, ¿cierto?-.
-Lamentablemente sí le importa. Ese tipo es un asesino de mujeres y niños, violador y torturador. Es un salvaje-.
-Usted me acaba de decir que era un gran soldado-.
-Yo no dije eso. Dije que marcaba gente. También guerrilleros, sí, pero gente de toda clase. Ese tipo dejó el ejército hace tres años. Asesina, mutila y viola en nombre de mi glorioso ejército, y eso no lo puedo permitir-.
-¿Y por qué no entran y lo agarran y ya?. Lo llevan a juicio, ¿no?-.
-No es tan simple. El tipo siempre anda armado y no queremos perder a nadie más, menos a civiles. Ese tipo no es de los que se dejan llevar sumisamente, ¿me entiende?-.
-Le entiendo. Pero, ¿qué carajos tengo que ver yo en todo eso?-.
-Usted nos va a servir de señuelo. Va a dar su servicio a la patria. ¿Usted prestó servicio militar?-.
-No-.
-No estará remiso, ¿cierto?-.
-No me amenace. Me salvé por un problema en las rodillas. Mi situación con el ejército está limpia-.
-Pues llegó la hora de que haga algo por este país. Esa cucaracha es un verdadero hijo de puta que tiene que exterminarse de la calle y de la sociedad y del planeta. Así de fácil. Si le sirve de algo, hoy no estamos de servicio-.
-O sea que nada de esto es oficial. O sea que esto no es una operación militar y a nadie va a responder si me pasa algo y todo esto está borrado de los papeles…
-No está entendiendo. El ejército quiere a este tipo muerto y punto. Usted sí es como inocente, ¿no? ¿En qué país cree que estamos?
-Ustedes son los que me necesitan a mí para asesinarlo…-.
-Asesinar es una palabra sucia. Digamos que queremos hacer justicia. Además hay una buena recompensa para usted si nos ayuda…. ¿Le suena un milloncito?-.
-A todo el mundo le suena un millón, pero no para matar. Además, yo debería ir ya mismo a la policía a contarles todo esto. Es ridículo-.
-No se me ponga tan vivo. Está en una situación bastante complicada, muchacho. Todo lo que tiene qué hacer es quedarse con el tipo un rato más hasta que se emborrache, hablarle, dejarlo que le hable y luego, cuando llame un taxi usted se va con él y nosotros los seguimos. Es un tipo muy paranoico y no le gustan los extraños, pero por alguna razón no vio en usted ninguna amenaza. Esta es la oportunidad que estábamos esperando. Llevamos dos semanas siguiéndolo-.
-Pero ya nos vio hablando afuera del baño. ¿Quiere que me gane un balazo por imbécil? ¿Por un cochino millón?-.
-Nada le va a pasar. Se lo aseguro. El tipo ni se imagina que estamos detrás de él-.
-Esto no me gusta nada. ¿Y si digo que no? ¿Ah? ¿Por qué no contratan una puta para que le haga la vuelta y de una vez se los ponga a ustedes en bandeja?-.
-Eso ya lo intentamos. Al tipo no le gustan las viejas-.
-¿No?-.
-No. ¿No se dio cuenta? Al tipo le gustó usted-
-No me joda. Ese tipo no tiene un pelo de marica
-Así es. Le digo que llevamos siguiéndolo un tiempo.
-Necesito pensarlo-.
-No piense. Hágalo.
-Hágalo usted con su madre. A mí no me viene a dar órdenes.
-Muy chistoso, muchacho (con las ch), pero está jodido. No vamos a perder esta oportunidad. Xú está vulnerable ahora y eso rara vez pasa-.
-¿Le puedo preguntar algo?-.
-Diga-.
-¿Por qué no entra y le pega un balazo en la cabeza y sale de esto? Se ahorra la plata…-.
-Porque esto no es El Padrino. Las vainas se planean y se hacen con paciencia. No estamos jugando a Policías y Ladrones. Mi misión es clara y no puedo fallar ni perder ningún elemento-.
-¿Y qué se le ocurre que haya que hacer?
-Háblele, sígale la cuerda. Ríase de los chistes chimbos que cuenta. Si estamos de buenas el tipo le dice que se vayan a un motel y allá lo agarramos.
-Claro, ¿y si les da por demorarse? Me culean o me quiebran.
-No nos vamos a demorar. Aquí tiene. Quinientos. Si la operación sale bien, le doy otros quinientos.
III
El sexo está sobrevalorado al punto de mandar a muchos hombres a la locura y a muchas mujeres al éxito. Mi problema no era que Beakman se estuviera tirando a Pati, sino que ella se lo estuviera tirando a él para: primero: joder a la esposa del tipo, una vieja hijueputa que la trataba como a una vagabunda cuando llamaba a la oficina (Nótese el olfato de las mujeres y su increíble capacidad de impartir justicia). Pati solía decir que la esposa llamaba y no la saludaba o que la trataba como a cualquier empleaducha, y bien puede ser, porque la señora de Beakman era una productora de televisión premiada muy superior en inteligencia y talento a la tonta de Pati. Segundo: para joderme a mí. Tantas veces le dije que Beakman estaba detrás de ella que terminó interesada. Como la acusé, entonces lo hizo para que ahora sí tuviera algo de qué acusarla. Tercero: para satisfacer su hambre de ninfómana. Con ella nunca era suficiente. El hombre que diga que puede con una ninfómana es porque nunca ha estado con una. Se lo aseguro.
Entré de nuevo en el Bar tocando con las puntas de los dedos el anticipo que el húmedo me habia dado, quinientos mil pesos de verdad. Pensé en cómo le contaría todo esto a Pati, si contarle o no, pero estàbamos mal de deuda y la plata nos caía del cielo. Eso es si salía vivo de todo eso. Pero por alguna razón el soldado o detective o lo que fuera me había dado confianza. Parecía decidido a cumplir su meta, y el anticipo me había mostrado que hablaba en serio. Llegué de nuevo hasta la barra y me senté en el mismo puesto. El partido había empezado de nuevo, y vi al soldado entrar con su pelito ensortijado dando saltos mientras celebraba el comiezo del segundo tiempo con los demás. Hizo un comentario sobre el arbitraje del partido y sobre la mamá que parió al juez. No volteó a mirarme en absoluto.
Xú no estaba en la barra. Le pregunté al cantinero si lo habIa visto, pero me contestó despóticamente que no. La mesera que antes había consolado al mesero apabullado, se me acercó por detrás de la silla y me dijo, con la mirada puesta en el espejo frente a los dos:
-Ese tipo es un cerdo. No puedo creer lo que le hizo a Micky. Un animal sin sangre. Ademàs es un tibio el ñero ese. Hoy este bar está lleno de gente tibia. No sé qué pasa. Será el fútbol-. Dijo esto mientras miraba al grupo de televidentes, con furia. Luego siguió:
-usted parece una buena persona. ¿Qué hace con ese tipo?-.
-Tenga cuidado, niña. Usted no sabe quién soy yo, ni quién es ese tipo, como usted dice-.
-Sí sé. Esas cosas se saben. Sobretodo nosotras las mujeres las sabemos. Es un instinto natural. Yo a usted lo he visto antes aquí, pero hoy se ve diferente. Casi parece contento-.
-Pues tiene razón. Hoy estoy muy contento-, le dije.
Noté que la mesera era una belleza de veinte años, con ojos verdes y labios gruesos. Un buen par de tetas se podía adivinar bajo el delantal de su uniforme y tenía una serie de rotos en la tela de sus jeans que le dejaban ver la rodilla y un buen de la parte superior del muslo, seguramente entapetado de vellitos dorados como una siembra de trigo. Levanté a verla a los ojos y me sonrió.
-Las mujeres sabemos esas cosas. Nosotras no nos equivocamos cuando se trata de un hombre feliz o infeliz. Es nuestra especialidad. Por eso tenemos fregados a los hombres-, dijo sonriendo. Sus dientes alineados y blancos resplandecieron.
Comencé a ponerme duro imaginándome a esta hembrita conmigo en la cama, aprendiendo algunos trucos y diciéndome “huh, maestro, galán, pichón, ahh”
-Ahí viene tu amigo-, dijo. -Ten cuidado con ese tipo. No es de fiar. Acuérdate del poder de las mujeres-.
Se me reventó la burbuja y caí de nuevo en la realidad. Pensé en coger a la mesera de un brazo y llevármela a un hotel, pero no tenía la voluntad ni la gracia ni las pelotas para hacerlo. Hacía tiempos que no hablaba con otra mujer distinta a Pati. Pensé en que esa mesera olería delicioso. A frutas. A madrugada. Xú se sentó a mi lado. Tenía una expresión rancia y dura. Apretaba la mandíbula y bruxaba los dientes..
-¿Qué le dijo ese tipo allá afuera?-, me preguntó sin mirarme.
-Nada. Quería un cigarrillo.
-¿Me vio cara de imbécil?
-No-, le contesté nervioso..
-Entonces no me hable como a un imbécil.
-No le estoy hablando como a un imbécil. ¿Y por qué el interés en lo que me haya dicho?
-Porque ese tipo no me gusta. Entre otras no le he preguntado usted qué hace. Sé que su mujer es una zorra, pero no me ha hablado de usted-.
Me hirvió la sangre. Sentí tales palpitaciones en mi pecho, que hubieran hecho vomitar a un ratón. Traté de que no notara mi disgusto, de ignorar el comentario, pero hubiera sido peor si no hacía nada. Cualquiera hubiera hecho algo. El tipo me estaba probando. Quería que yo no hiciera nada, para así saber que yo no era de fiar, así que me dejé llevar por la rabia y me levanté con el vaso en la mano y lo estrellé contra el piso gritándole:
-¡Bueno pues, carajo!. Nadie me habla así de mi mujer. Matame si querés, pero a mi no me jode nadie ni habla así de mi mujer-. Estaba jadeando y tenía saliva en la boca. Las piernas me temblaban. Creí que el tipo sin más subiría su chaqueta, sacaría su revólver y me pondría un tiro en cada ojo antes de caer. Hubo un silencio en el bar interrumpido sólo por la voz frenética del narrador del partido. Xú, entonces, se cogió la barriga (el revólver), y levantó su mano imitando una pistola e hizo “pum, pum” y luego soltó una carcajada:
-jajajajajajajajajajaja. Juajuajuajuajua… Eso es, amigo, eso es lo que quería ver, que tuviera berraquerita… Juajuajua-… Las personas dejaron de mirar, y siguieron viéndo el partido que, justo en ese momento, mejoraba por un gol que hizo a todos saltar de las sillas y abrazarse… Se cayeron unos vasos de las mesas. Hubo una tremenda algarabía.
Me quedé impávido, pero me tranquilicé. Abrí los puños que tenía apretados y mis manos sudaban. Tuve un repentino ataque de sed.
-Sírvale otro trago a mi amigo-, le dijo al cantinero. -Vamos a explorar esta rabia a ver qué hacemos con ella-, me dijo hablándome por encima del escándalo de todos por el gol, mientras me pasaba la mano sobre los hombro y me llevaba hasta la silla de nuevo. Por un instante deseé que me hubiera disparado.
IV
Al cabo de un par de horas, Xú estaba borracho. Yo me sentía bien, algo mareado, pero bien. El bar se había llenado después del partido con la gente que celebraba la victoria. La barra también estaba llena, pero nosotros nos habíamos movido a una de las mesas en un costado, frente a la barra, cosa que pareció tranquilizar al cantinero. La mesera atendía las mesas y sonreía, pero se portaba especialmente deferente conmigo. Venía a la mesa y nos preguntaba si todo estaba bien o nos servía más hielo en los vasos. Luego se despedía con una sonrisa que marcaba los hoyuelos en su cara.
-Esa belleza está interesada en usted-, me dijo Xú.
-No creo. Es apenas una niña-.
-A algunas les gustan maduritos. Tal vez notó algo en usted. Usted tiene un algo especial.
-¿Le parece?
-Me parece.
Fue la primera vez en toda la noche en que pensé en que tal vez el soldado tenía razón con lo que había dicho. Por cierto, no había vuelto a verlo, así que me volteé con discresión a buscar en dónde podría estar. Lo ví en una de las mesas cerca de la entrada. Parecía cualquiera más. Había un par de mujeres sentadas con su grupo y tomaban aguardiente levantando las copas y reían y fumaban como viejos amigos a quienes no les importa nada más sino la compañía mutua. Pensé en que tenían pelotas y en que de verdad eran profesionales.
Xú dijo “voy a darle de beber a la diosa Mancesa, jajajaja”, y fue hacia el baño balanceando su redondez. Parecía un pingüino emperador con los brazos colgando a sus costados abiertos a fuerza de la anchura de suy espalda. Me corrió un escalofrío y los pies, que luego se depositó en mis genitales. Cerré los ojos y se me vino a la mente Pati cuando nos conocimos, tan pequeñita y frágil, una muñeca de enormes ojos azules diciéndome, en un bar llamado Jimmy’s Brother, cuando estaba por salir “Oye, tú, el del pelo largo, ¿ya te vas?” Y yo, “no. Ya no me voy.” Esa noche nos fuimos juntos a un apartamento que compartía con una amiga. Entramos en las puntas de los pies como gatos, borrachos, con la risa de los nervios a flor de boca, callándonos mutuamente con señas. Hicimos el amor con ganas, tanto que acabé en el suelo sobre mi cabeza una vez porque el colchón se movió hacia delante y de ahí al piso. Reímos a carcajadas. En esa época yo no acostumbraba a reir mucho. Más bien deseaba estar muerto, pero no intentaba suicidarme. Para intentar suicidarse hay que tener cojones y para hacerlo de verdad, una determinaciòn absoluta. Esas son dos condiciones que no reúno. El resto es la vieja historia: me quedé a vivir con ella y a la velocidad de un rayo nos casamos. Hijos no.
En fin. Estaba con ese pensamiento cuando apareció el soldado o lo que fuera. Sus ojos destellaban con increíble firmeza, y las lineas de su cara se marcaron acentuando su prognosis cuando se acercó hacia mí para decirme en el oído:
-Ya es hora. Vamos a actuar. Tiene que tomar la iniciativa. Dígale algo que lo haga pensar que puede invitalo a irse con él. El bar va a cerrar pronto.
Volteé a mirarlo y no pude decirle nada. Los demás en la mesa donde se sentaba, me observaban con fijeza desde la distancia. Uno de ellos, un tipo flaco, orejón y con chivera, movió la cabeza de arriba a abajo. El soldado volvió a la mesa en donde estaba y todos rieron y disimularon con uno de sus brindis falsos.
Oí a Xú detrás preguntándome:
-¿A qué hora se va?
-No pensaba irme.
-Pues yo sí. Este sitio ya no va más.
-¿Y para dónde va?-, le pregunté sin que se notara que me importaba mucho su respuesta. Me sentía como un profesional.
-No estoy seguro. Mi noche apenas comienza-, contestó.
-Bien-, le dije con los pulgares dentro de los bolsillos.
-¿Y cómo está su noche?-, preguntó viéndome a los ojos con una expresión nueva que no le había notado.
-Depende del plan.
-¿Quiere venir conmigo a ver qué sale?
-¿Y qué podría salir?
-Compramos un periquito y buscamos plan.
-Vamos-, le dije.
V
Cuando llegué a la casa al día siguiente, Pati tenía una mano temblorosa sobre su pecho, que luego llevó bajo se tabique para contener el llanto. Tenía la cara roja por haber llorado durante horas. Se me tiró a los brazos y se puso a llorar sobre mi hombro:
-¡Por dios! ¿en dónde estabas? ¿estás loco? ¿Ninguna llamada en TODA LA NOCHE?
-Cálmate, Pati.
-¿Que me calme?
-Sí, cálmate. No tengo ánimos para pelear.
Pati fue hasta el sofà y se sentó. Encendió un cigarrillo con la mano temblorosa, puso su codo sobre la rodilla y exhaló el humo:
-He estado aquí sentada toda la noche pensando que estás muerto o malherido en algún hopitalucho, robado, apuñaleado, secuestrado o quién sabe qué. Llamé a la policía y ¿sabes que me dijeron esos hijueputas? me dijeron que hasta dentro de tres días, si seguías perdido, empezarían la búsqueda. Les aseguré que tú nunca habías hecho esto, estar toda la noche fuera de la casa, menos todavía no avisar que te demorabas y ¿sabes que me contestaron? me contestaron que seguramente estarías de parranda o emborrachándote con tu novia. Que esas cosas eran comunes, especialmente cuando había hombres insatisfechos. ¿Puedes creer a esos cerdos? Creo que los oí reír antes de colgar el teléfono. Llamé a varios hospitales. Que había dos indocumentados ingresados en la morgue y que, si quería, podía ir a verlos para tratar de identificarte-.
-Estás de amarrar, Pati. ¿Te imaginas cuántas mujeres llaman a reportar maridos secuestrados todas las noches?
-No puedo imaginar que sean muchas.
-Son muchas, Pati.
-Pues yo no quiero ser una de esas. No entiendo porqué no has llamado. ¿Estabas con otra? ¿Es eso? Estabas con alguna sucia perra y te quedaste dormido con ella y cuando despertaste ya era tarde y decidiste venir acá con cara de palo a burlarte porque llamé a un par de hospitales…-. Pati se volteó a ver hacia la ventanas. Aspiraba las flemas de su nariz.
-¿Cómo te fue anoche con Beakman?-, le pregunté tranquilamente.
-Ahora Beakman. Lo que faltaba. ¿Y eso qué coños importa ahora?
-Importa, y mucho. Ahora respóndeme.
-No tengo idea de qué tienes en la cabeza. Como te portas, como hablas, como me dices las cosas, como me miras, todo se ha vuelto un misterio para mí. A veces siento que ya no te conozco.
-Yo creo lo mismo. A veces siento que no me conozco.
Pati se levantó del sofà y fue a la cocina a apagar el cigarrillo en una taza de las que había llenas de agua sucia en el lavaplatos. Tomó una servilleta del dispensador y se sonó ruidosamente varias veces. Cuando se compuso se paró en el vano de la puerta y, apoyada en un hombro sobre el marco, me dijo:
-Necesito que me expliques en dónde estuviste y con quién, pero YA-. No había lágrimas. Su cara era una pelota roja con dos pelotitas azules en donde van los ojos.
-Tal vez te diga. Tal vez no-, le dije, -eso depende de que contestes mi pregunta-.
-¿Cuál pregunta?
-¿Cómo te fue con Beakman?
-Carajo. Ahora yo salí jodida de esto. Para tu información nunca fuimos al bar. Llegaron dos pacientes con una urgencia y tuvo que quedarse. Me dijo que no me necesitaba y pude venir para acá, pero cuando entré creyendo que podríamos tener la tarde juntos para ver una película, veo el baño hecho una laguna. Dejaste la llave abierta y la puerta de la ducha de par en par, por si no te diste cuenta.
-¿De la ducha?
-Ajá.
-Qué raro.
-Claro que qué raro. ¿Qué puede uno pensar de eso? Pues que estás loco o que algo te pasó. Y encima no llegas en toda la noche. Estoy verdaderamente harta.
-Si quieres irte, la puerta está abierta.
-Quisiera, a veces, pero te amo demasiado para dejarte.
-Tengo un poco de hambre. No sabes la noche que pasé.
-Eso es lo que quiero que me digas.
-¿Hay algo de comer?
-Quedan dos pedazos de pizza en la nevera. ¿Te los caliento?
-Dale. Mientras como te cuento. Dame una gaseosa.
Me senté en el comedor y esperé a que Pati me trajera la comida. Por primera vez en toda la noche sentí que el aire que respiraba no quemaba mis pulmones. Estaba en casa, y me sentía seguro con Pati.
En ciertas ocasiones Pati tenía extraños momentos de paz interior. Utilizaba una especie de defensa biológica en la que su cuerpo secretaba alguna sustancia química que balanceaba su barco antes de que hundiera en la profundidad de la locura. Cuando reflexionaba sobre ellos, decía que eran rezagos de sus viejas clases de yoga en la universidad. A mí no me importaba de qué fueran hechos o dónde los hubiera aprendido, pero era durante esos momentos cuando parecía menos infeliz, cosa que, para mí, era una especie de felicidad contagiada.
Pati llegó con el plato y lo puso frente a mí. Se sento al otro lado, cruzó los brazos con los codos sobre la mesa y me dijo:
-Habla-.
Asi lo hice. Le conté todo. De su mensaje en el contestador automàtico, de la llegada al bar, de cómo conocí a Xú, de las X de Xú, del partido de fútbol, de los soldados y de su pantomima y teatro, de la plata que traía en el bolsillo (le mostré sólo la mitad), del trato que había hecho con el ejército. Cuando llegué a la parte en que Xú me proponía que nos fuéramos para otro lado, Pati se llevó las manos a la cara y dijo:
-Por Dios, qué mierda hiciste.
-Cuéntala-. Le pasé el fajo de billetes a través de la mesa. Lo contó en silencio, concentrada. Incluso volteó los billetes y los puso en orden según el anverso de cada uno.
-Hay más de doscientos mil pesos acá. ¿Qué hiciste?-.
-Cuando Xú me dijo que nos fuéramos, pensé en tí. Pensé que te habías acostado con Beakman durante mucho tiempo, con descaro. Entré en cólera. ¿Sabes? De verdad lo creí. Y decidí hacer algo. Vi la oportunidad de redimirme. Y lo hice. Me obligaban, pero entendí su función en mi proyecto de hacer algo grande y emocionante. Disfruté de la adrenalina y el miedo. Casi no me importó el riesgo, porque las cosas podrían salir mal-.
-Estás loco. ¿Soldados? ¿Inteligencia militar? ¿Asesinos y violadores? ¿Guerrilla? ¿Ah? ¿Mutiladores?
-¿No me crees?
-Por favor no me vayas a decir que mataste a alguien y que ahora vienen por tí. No creo que lo soportaría. La vida es muy miserable ahora como para hundirla más hondo-.
-No, amor. No maté a nadie-.
-¿Alguien murió? ¿Ese tal Xú?
-Sí. Alguien murió, pero no fue Xú-.
-¿Quién?-.
-Una mesera del bar. Estaba embarazada.
-¿Pero cómo? ¿Y qué tenía que ver ella?
-Aparentemente, nada. Xú me dijo que pidiera un taxi para irnos. Fuí al teléfono de la barra, y estuve un rato tratando de conseguirlo, nada más que cinco minutos. Mientras esperaba en el teléfono, tomé otro trago para calmar los nervios. De la puerta la mesera gritó que había llegado un taxi y le hice una seña a Xú para que se levantara, pero estaba tan borracho que a duras penas podía pararse, entonces fui a la mesa y lo ayudé. Tenía su brazo alrededor de mi cuello y pesaba mucho, y le pedí al cantinero que me ayudara. Se acercó y se metió debajo del otro brazo y comenzamos a caminar despacio hacia la puerta. Xú balbuceaba cosas sin sentido y el cantinero me miró. Me dijo:
-Es mejor que se vaya ya mismo. Esto se va a poner feo-.
No entendí qué me quiso decir. Supuse que sabría algo que yo no. Pero me puso más nervioso. En esas el cantinero tomó impulso dando un paso atrás y empujó a Xú por la espalda. Cayó aparatosamente, con los brazos en los costados como un desmayado, pero estaba consciente y se sentó en el suelo con tranquilidad apoyando una de sus manos. De su nariz comenzó a brotar sangre y Xú puso sobre su nariz un pañuelo que sacó de su bolsillo. Miró la sangre en el pañuelo un par de veces. El cantinero fue detrás de un arrume de sillas que había cerca y sacó un bate de madera de una esquina. Se acercó despacio a Xú que seguía en el piso sobre sus ancas. Desde la puerta se oyó que la mesera gritó y sus saltos retumbaron sobre el piso de madera. Los sillines daban pequeños brincos en sus lugares. Yo creí que se le iba a lanzar a Xú, pero se tiró sobre el cantinero y comenzó a rogarle que no hiciera una estupidez, diciéndole que no valía la pena esa porquería de tipo. El cantinero estaba enrojecido y respiraba ruidosamente. Xú me estiró una mano pidiéndome que le ayudara a levantarse y lo hice. No se veía incómodo. Con la mano libre comenzó a quitarse el polvo de la ropa y a meterse la camisa. Entonces el cantinero apartó a la chica y se montó el bate sobre la cabeza con las dos manos arremetiendo contra Xú quien, para entonces, había sacado el revólver y había disparado dos veces en menos de un segundo. Su mirada atravesaba la mira de su arma y se alineaba con su brazo extendido. Tenía los ojos fijos. No titubeaba. La mesera estaba en el suelo. Tenía un ojo morado del que brotaba sangre negra y otro hueco en la garganta. El cantinero soltó el bate y se lanzó al piso sobre el cuerpo de la mesera y comenzó a llorar sobre ella y a sobarle la barriga.
-¡Hijodeputa! La mató. Perro hijodeputa. Mi hijo.
Xú recogió el bate y se acercó al cantinero que lloraba y le gritaba enloquecido, cuando se oyó otro disparo desde la puerta. La bala atravesó la pierna de Xú y lo hizo caer. Luego llegó el soldado y retiró del alcance de Xú el bate y el revólver que había caído lejos. Se asomó sobre él y le escupió en la cara.
-Rata. Hasta ahí llegaste. Si esta vieja llegara a estar embarazada, se te va honda, pendejo.
Xú lo miraba en el piso y se lamentaba de su rodilla explotada.
-¿No sabe quién soy?-, le preguntó el soldado.
Xú dijo con la cabeza que no.
-¿No se acuerda de Malcolm Miranda, de Villa Vieja?
-No.
-Era mi hijo.
-Un malparido como el papá-, dijo quejándose. Comenzaba a sudar y su cara se veía mojada.
-Lo voy a reventar a palos, psicópata hijueputa.
-Hágale. Ya me la tiene ganada.
En esas entraron los demás del grupo de soldados y se acercaron. Hicieron medio círculo sobre Xú. Una de las mujeres habló.
-Esta basura se va para a la cárcel. Unos amiguitos allá lo van a estar esperando. Habrá que pagar palco para ver la bienvenida que le van a dar a este hijueputa-. Otra de las mujeres fue hasta donde el cantinero, que lloraba abrazando el cuerpo de la mesera muerta y se lamentaba y tenía la camisa y la cara llenas de manchones de sangre. La mujer se agachó sobre él para confortarlo y lo tomó para que se levantara del cuerpo porque había que cuidar la escena y la evidencia. Xú estaba inmóvil sobre el suelo y no opuso resistencia cuando lo esposaron.
-Increíble. Hay que ver las noticias. Seguro algo saldrá.
-Necesito dormir. Ha sido una noche larga. Si algo sale en el noticiero, me avisas. Por ahora necesito descansar.